El instituto

    Es una época especial la de estudiante. En esta ocasión me refiero al estudiante de instituto. Estás rodeado de gente que, ya sea consciente o inconscientemente, te ayuda a crear tu forma de ser. Es magnífico poder llevar a cabo junto a otros tan eminente y ardua tarea.     Por un lado están las personas con las que compartes techo, y por otro, la gente perteneciente al ámbito estudiantil. 

    Poco hay que decir de lo referente al primer grupo, así que me centraré en el segundo.     Como ya es sabido, está constituido por amigos y profesores, que incluso se pueden unir para dar lugar a amigos-profesores  -casos insólitos pero existentes- . Los amigos forman el principal apoyo en esta limitada época, pero existe otro pilar independiente formado por los encargados de la docencia, cuya actividad -junto con las necesarias aportaciones de los alumnos- marca potentemente la futura actitud de éstos ante la vida, ante lo que está por acaecernos. 

    Fascinantes seres los profesores.      Personalmente considero una magnificencia absoluta el tener la posibilidad de conocer a personas –aparentemente- interesantes, con las que vas a hablar, que tienen algo que decirte y cuyo objetivo, al menos teóricamente, es enseñarte sobre lo que no sabes, esto es, fortalecerte culturalmente y prepararte para la admirada aunque envilecida vida por la que estás destinado a pasar. 

    En un principio es asombrosa la avidez por aprender por parte de los pequeños seres humanos inexpertos denominados comúnmente “alumnos”. Pero, al transcurrir un tiempo, acaban por percatarse de que la única finalidad de la mayoría de los engrandecidos docentes es ser capaces de subsistir ellos mismos a la estropeada vida de la forma más llevadera posible, evitando los problemas y esforzándose lo estrictamente necesario.     Es la actitud del profesor frente a los alumnos junto con la disposición de éstos a aprender, la culpable parcialmente de la postura que decidan adoptar ante el mundo. 

    Por lo tanto: Señores docentes, tómense su oficio en serio. Y agradecería que los muchos incompetentes que actualmente desempeñan este cargo renunciaran a él -que no sería indigno, ni mucho menos, sino valiente y solidario por su parte-. 

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