La Navidad

    En Navidad nos invade el espíritu navideño, pero claro, ¿qué espíritu es ese? En esta época de ¿amor? y ¿felicidad? las masas no cesan de hacer publicidad de la Navidad y de la enredosa (pero no provechosa) parafernalia que le es incrustada.   

    Mucha de la gente (que entienda la Navidad como una época digna de distinción) a la que le sea formulada la pregunta anterior, respondería que este espíritu es el que se ve reflejado en la bondad y la felicidad que desprendemos en estas fechas. ¿Cómo? ¿Alguien ha visto a un pobre vagabundo feliz en Navidad? ¿Alguien, por ser Navidad, le ha dado cinco euros  al mismo de antes, para que se compre simplemente un par de tabletas de Suchard?    

    Dejando a un lado este tópico de la felicidad en estas fechas, sería interesante abordar el tema de las diferencias sociales habidas entre los días de Navidad y los del resto del año:  

    Emmmmm…………………………………………………………………………….  

    La verdad es que no, no se me ocurre ninguna. Veamos, la gente no irradia felicidad, en todo caso, indiferencia (o incluso se ve afectada por alguna enfermedad). ¿Se respira aire de fiesta? Vale, puede ser, pero también sucede esto todos los viernes, sábados y aún los domingos durante el resto del año. Es más, el resultado obtenido es idéntico: merluzos y paletos atontados totalmente ebrios que se arrastran (o son arrastrados) por el suelo torpemente cual elefantes sin extremidades.       

    Sólo cabe reseñar la excesiva ingestión de dulces varios y la penosa programación que tenemos que padecer en estos días. Además, tras la Navidad, colmada de placeres diversos, comida y alegría (según el mundo, al que no entiendo), ¿qué es lo resultante? Normalmente suele ser una desastrosa caída en picado de la economía familiar, un horrible y más que notable ascenso en la cifra que, violentamente, muestra nuestra báscula y, por último, el arrepentimiento de un sinnúmero de cosas sucedidas a lo largo de ésta preciada época.      

    Es comprobable que la Navidad no es como se vende (tristemente), pero como a la mente y a la personalidad humana le es dificultoso adecuarse a los cambios (en general), se tendrá que seguir vendiendo igual, con esos anuncios rebosantes de luz y bondad en los que las palabras (y las cosas) dulces son las que mandan y queda olvidada la existencia de un mundo real que tenemos derecho (incluso me atrevería a decir “deber”) a sufrir todos. 

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